A partir de 1730, un extraño fenómeno, iniciado en Grecia, se extiende por toda Europa central: se profanan tumbas en serie.
Los cadáveres, sospechosos de ser vampiros, son desenterrados, sus corazones atravesados por una estaca y sus cuerpos quemados. El ejército debe intervenir.
Varias obras tratan este tema, entre ellas, una muy crítica, del religioso benedictino francés Dom Augusin Calmet.
La mezcla de pasión y miedo es tal que Voltaire escribe en su Diccionario filosófico (1764): "No se escuchó hablar más que de vampiros de 1730 a 1735."

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