Se movía con demasiada elegancia y gracilidad. Un aura sombría y sobrenatural lo rodeaba de pies a cabeza. Era alto, de caderas angostas y hombros anchos. Su oscuro y espeso cabello despeinado adornaba graciosamente su cabeza y un tenue brillo lo iluminaba como rayos de sol agonizantes en el cielo crepuscular. Y ahí, parado en el dintel de la puerta, era la criatura más hermosa que mis débiles e inservibles ojos humanos hubieran visto antes.
Caminé lentamente hacia él tratando de distinguir mejor su esbelta figura. Me detuve delante de él y en ese momento lo supe: no era humano, por supuesto. Lo miré y él, a su vez, clavó su hipnótica mirada en mí, doblegando mi voluntad y una tétrica sonrisa se extendió por su rostro al sentir mi vacilación.
En ese momento tomó mi rostro entre sus frías manos.
No había pronunciado ni una sola palabra -estaba segura-, aún así escuché su seductora voz en mi cabeza haciéndome una invitación que ningún otro mortal en mi lugar hubiera podido rechazar.
No espero respuesta alguna y es que tampoco había alguna respuesta que dar, él lo haría con o sin mi consentimiento.
Acercó mi rostro al suyo y besó mis labios dulcemente, luego me tomó entre sus brazos y me dedicó una irónica sonrisa.
Entonces, vi la ciudad entera ante mis ojos. ¿Dónde estaba? ¿Había sido todo un sueño? Me embargó una inmensa angustia. Casas, carros, personas. Casas, carros, personas. Todo se movía a mi alrededor, ¿ o era yo quien se movía...? Vuelve amado mío, y transitemos juntos por el Sendero del Mal. Yo podría amarte eternamente si tú aceptaras mi insignificante compañía. Toma de mí lo que necesites. Si es que algo de mí te sirve, tómalo, es tuyo. Pero no me dejes, regresa...
Y entonces nos detuvimos, eso sí pude sentirlo. Me había conducido a un siniestro lugar alejado de la ciudad en sus cómodos brazos.
Me depositó en el suelo y se acercó de nuevo a mí sin asegurarse primero de si había alguien más en ese oscuro sitio apartado. No, no necesitaba hacerlo, no necesitaba asegurarse de nada más que de mi propia seguridad.
Y entonces fui yo quien lo acercó. Deposité mi mano en su nuca y acerqué sus labios a mi cuello. Él me rodeó con sus firmes brazos mientras deslizaba sus suaves labios por la piel de mi garganta impregnándola con la dulce fragancia de su frío aliento. Arqueé mi espalda hacia atrás y extendí mi cuello mientras él descubría sus colmillos. Hazlo. Si es que algo de mí te sirve, tómalo, es tuyo. Hincó sus colmillos en mi cuello y sentí cómo se abrían paso a través de mi piel buscando el líquido vital, su líquido vital.
En ese breve y prolongado momento él supo todo de mí y yo supe todo de él. En ese glorioso momento los dos fuimos una sola persona. Dos corazones, un solo latido. Un latido constante y desenfrenado que palpitaba en mis oídos. Lo escuchaba en mi cabeza. Un latido. ¿O acaso eran campanas? Sí, eso eran, campanas. Las campanas del infierno resonaban en mi interior. Entonces supe que moriría. ¿Campanas? Acércame a ellas, amor mío. Quiero ir contigo. Llévame contigo. No me importa si te diriges al mismísimo infierno: contigo será como estar en el paraíso. Sí, mi paraíso está donde tú te encuentres. ¡Llévame contigo!
La sangre fluía de mi cuello a borbotones, alimentándolo. Él no dejó de beber, no se detuvo ni por un solo segundo. Latidos. Campanas. Seguía escuchando ese potente ruido en mi cabeza.
"¿Quieres acompañarme por toda la eternidad?", preguntó. ¿Me lo dices a mí, a una simple humana? Claro que quiero acompañarte, es lo que más deseo. ¿Cómo te lo puedo decir?
"¿Quieres acompañarme por toda la eternidad?", volvió a preguntar. "Demuéstrame que eres merecedora del Don Oscuro. Demuéstrame tu fortaleza y dame una respuesta audible". Silencio. "¿Quieres acompañarme...?"
"Sí...", le interrumpí con el eco retumbante de mi silencioso pensamiento antes de adentrarme en un doloroso trance del que me liberé cuando sentí el delicioso néctar de mi nueva vida fluyendo a través de mi garganta y que provenía de su pálido cuello.
Desperté a mi nueva vida la noche siguiente. Qué hermoso era todo cuanto veía.
Abrí mis ojos después de un largo sueño y miré a mi alrededor. ¿Dónde estaba? No conocía ese lugar. El mundo entero se había convertido en un total y completo desconocido para mí.
Me levanté y, repentinamente, él apareció frente a mí. En ese momento lo recordé todo. Recordé todo cuanto había ocurrido la noche anterior.
No necesitábamos comunicarnos con palabras, simplemente nos miramos. Mantuvimos nuestras miradas fijas en la del otro durante un increíble momento que yo deseaba con todas mis fuerzas que fuese interminable.
Ahora, éramos iguales y yo estaría con él para siempre. Nada me lo impediría y yo viviría para amarlo. Si es que algo de mí te sirve, tómalo, es tuyo. Toma lo que quieras de mí, Padre Mío, amado mío...
No hay comentarios:
Publicar un comentario